21 de noviembre de 2022

Me bajo de twitter

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Por si no te quieres tragar mis rollos, aquí el resumen: He tomado la decisión de desconectarme de Twitter, la última red social que he mantenido activa después del confinamiento. He tardado en dar el paso porque le he dedicado muchas horas a lograr un timeline limpio, acorde a mis aficiones e intereses... pero la adquisición por Elon Musk y, concretamente, sus medidas en contra de los derechos laborales me han propiciado el empujón definitivo. 


Ahora sí, me explayo: Me hallaba en un buen punto en mi lucha personal contra el algoritmo, ésa entidad cósmica que determina qué mostrarme, aquella divinidad concebida para captar y retener mi atención todo el tiempo posible. Digo esto porque tras dedicar horas a cambiar parámetros en la configuración y pararme detenidamente a hacer limpiezas de seguidores y seguidos, estaba satisfecho con la experiencia que me ofrecía usar Twitter, se había convertido en un espacio de encuentro entre muchos roleros, y buena parte de mi timeline era un  escaparate de creadores de contenido de rol. Es decir, para mí, pasarme por Twitter no era sinónimo de trolls y odio.

A pesar de ello, es posible que Twitter nunca haya sido realmente la "plaza pública" ideal que muchos imaginábamos en los primeros días optimistas de las redes sociales. Sin embargo, en sus mejores momentos, sí fue un lugar donde podía encontrarse con personas interesantes, entablar conversaciones significativas, acceder a fuentes de información diversas y descubrir videos y fotos que ilustraban eventos tanto locales como internacionales. En países con regímenes autoritarios, Twitter y plataformas similares se convirtieron en vitales canales de protesta y disidencia, una opción que anteriormente no existía. 

Pero parece que ese romance entre Twitter y sus usuarios más comprometidos, como los periodistas, ha de caído. Aunque todavía pueden encontrarse vestigios de esta vitalidad en la plataforma, son cada vez menos frecuentes bajo la gestión del actual propietario y los efectos nocivos derivados del modelo de negocio que, por cierto, puede estar violando la regulación de la UE por la difusión de mensajes de odio y desinformación. 

Desde que Elon Musk mostró interés por la compra de la red social muchos medios han pintado al tecnomagnate como un emprendedor y filántropo auto-hecho, omitiendo, en muchos casos, los orígenes privilegiados de su fortuna, incluyendo las minas de esmeraldas de su familia en Zambia. Musk comprende bien que el poder real de figuras públicas como él no reside en su persona, sino en la percepción colectiva que los eleva a estatus de ídolos aspiracionales. Este discurso de la meritocracia se hace difícil de digerir cuando se ha crecido en un entorno de opulencia.


Por ello sorprendió a pocos que la adquisición de Twitter por Elon Musk trajera consigo una serie de cambios drásticos en la gestión de la empresa y en su cultura laboral. Desde despidos masivos hasta políticas de gestión cuestionables. Musk pasó de afirmar que eliminaría los anuncios en la red social a querer convertirla en la "plataforma de publicidad más respetable del mundo".

Twitter, como muchas otras plataformas digitales, utiliza algoritmos para determinar qué contenidos mostrarte. Estos algoritmos están diseñados para captar y retener tu atención todo el tiempo posible. Al principio, estos cambios pueden haber parecido sutiles, pero con el tiempo se volvieron más invasivos y evidentes. De pronto, lo que veía no estaba alineado con mis intereses o con las personas que decidí seguir. En cambio, me bombardeaban con contenido que, aunque altamente atractivo y a veces provocador, era también increíblemente polarizador y emocionalmente manipulador.

Esta revelación fue el último catalizador para mi decisión de dejar Twitter. No se trató de un acto de renuncia, sino de autoconservación. Decidí que ya no quería ser parte de una compañía cuya dirección no respeta los principios que valoro, y entendí que cuanto menos tiempo pase en este sistema que valora mi atención por encima de mi bienestar mejor para mí.

En la película Metrópolis "Moloch" es un ídolo a quien se sacrifican trabajadores, simbolizando la destrucción de la humanidad por sus propias creaciones industriales. De manera similar, el algoritmo de Twitter, diseñado para maximizar la métrica de la atención, sacrificaba mi bienestar mental y el de muchos otros, fomentando conflictos y exacerbando inseguridades

Un penúltimo apunte: No voy a borrar mi cuenta @demariusland, simplemente la dejaré ahí, sin actualizar. No vaya a ser que al darla de baja alguien me suplante.

Y el último apunte: ¿no piensas volver a Twitter? Pues a ver, lo dudo pero todos tenemos derecho a cambiar de opinión. Aunque, déjame que me desconecte primero y luego ya veremos.










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